Tarjetas recargables

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Tarjetas recargables





Las tarjetas recargables también llamadas tarjetas prepago, son un tipo de tarjetas bancarias que únicamente se podrán utilizar si previamente se le ha realizado una recarga. Es decir, para poder utilizar esta modalidad de tarjetas es preciso que primero se haya realizado un ingreso a la propia tarjeta, normalmente mediante un cajero automático o con los servicios de banca online. El saldo de las tarjetas prepago será aquel con la que se hayan recargado y una vez agotado habrá que realizar de nuevo otro ingreso, teniendo también muchas de ellas la posibilidad de descargarlas en la cuenta de origen de los fondos.

Historia de las tarjetas prepago.

Las tarjetas de prepago son los plásticos a los que se les deposita cierta cantidad de dinero y, a medida que las usas, vas consumiendo esos fondos. Han ganado terreno por su facilidad para adquirirlas, ya que para obtenerlas no tiene que aperturarse una cuenta 'tradicional' en un banco. Surgieron en los 70's como Tarjetas de Regalo y estaban relacionadas a un comercio en específico. La persona compraba el plástico, le depositaba cierta cantidad de dinero, y él o alguien más, podía gastar en el establecimiento hasta que se le agotaran los fondos.

20 años después (en los 90's), se amplió el 'catálogo' de tarjetas de prepago con las Tarjetas de Nómina, en las cuales los empleados que no tenían una cuenta bancaria recibían su sueldo.

Fue hasta 1999 cuando surgieron las tarjetas de prepago respaldas por Visa o MasterCard, que al tener el soporte de una institución financiera, cuentan con beneficios considerablemente mejores, empezando porque pueden ser utilizadas en cualquier comercio que acepte plásticos de crédito o débito.

¿A quiénes están dirigidas las tarjetas de prepago?

• A personas no bancarizadas y cuyo dinero proviene de la economía informal (taxistas, empleadas domesticas, vendedores en mercados, etc.) A este sector le resulta intimidante tener una cuenta bancaria y en muchos casos temen que los impuestos o comisiones mermen sus ingresos.

• A menores de edad o jóvenes sin historial crediticio, quienes están interesados en las compras por internet y momentáneamente no cumplen con los requisitos para solicitar una tarjeta de crédito.

• A amas de casa que buscan un modo práctico y seguro de manejar su presupuesto familiar.

• A personas que, a pesar de contar con una tarjeta de crédito o débito, buscan limitar sus gastos o que no quieren proporcionar los datos de su tarjeta de crédito personal para realizar compras por internet.

• Personas que no cuentan con una tarjeta de crédito ni tarjeta de débito y que no quieren cargar efectivo durante sus viajes.

Otra variedad de las tarjetas prepago son las tarjetas virtuales.

El miedo a realizar compras por internet tiene los días contados; las tarjetas virtuales han llegado para quedarse y evitar las transacciones fraudulentas, los robos de identidad y la filtración de datos de los clientes en el comercio electrónico.

Existen dos tipos de tarjetas virtuales, las de "un solo uso" y las de prepago. Ambas son una variante más de las tarjetas bancarias que surgieron a principios del siglo XX en Estados Unidos como medio de pago, emitido por una entidad bancaria o comercio, que permite realizar compras en establecimientos y por internet o extracciones en cajeros automáticos.

Aunque las primeras tarjetas, de papel, fueron emitidas por grandes almacenes y gasolineras americanas, no fue hasta la mitad de siglo cuando se popularizó su uso.

A España las tarjetas de crédito llegaron en los años 60 pero solo 20 años después comenzaron a utilizarse de forma habitual y, hoy en día, según señalan diversas entidades bancarias, más del 70 por ciento de la población utiliza este medio de pago.

Las tarjetas virtuales "de un solo uso" nacieron en los años 90 con los primeros sistemas de pago móvil, denominados "wallet", que permitían generar este tipo de tarjeta a partir de una tarjeta tradicional.

El proceso de activación es muy sencillo, no hace falta contratar un servicio, tan solo se debe descargar la aplicación para dispositivos móviles o utilizar la banca electrónica de la entidad, e introducir los datos de las tarjetas tradicionales. El cliente genera este tipo de tarjeta virtual "de un solo uso" cuando quiere realizar un pago concreto, de tal forma que carga la cantidad que desea con el crédito de la tarjeta tradicional y, una vez realizado el pago, la tarjeta muere.

Este producto financiero tiene una caducidad de dos meses y no conlleva costes para el cliente.

Las otras tarjetas virtuales, las de prepago, permiten sacar dinero y realizar reintegros en cajeros "sin necesidad de tener que llevar encima la tarjeta tradicional de plástico".

Este sistema de pago es uno de los más utilizados hoy en día "por la seguridad que proporciona" en el comercio electrónico y porque puede activarse en cualquier sucursal bancaria que tenga este producto financiero y por internet.

El cliente puede activar, inmediatamente, todas aquellas tarjetas que desee, se contrata como una tarjeta tradicional y el usuario recarga desde su cuenta el importe aproximado a la compra a efectuar.

El usuario recibe los datos de la tarjeta, la fecha de caducidad y el código de seguridad, y puede recargar la tarjeta prepago con un saldo máximo de 3.000 euros, que podrá utilizar en un plazo de 5 años. La cantidad restante será devuelta a la cuenta de origen.

Una vez finalizada la compra, la tarjeta virtual de prepago sigue "viva", con saldo cero o próximo a esa cantidad, esperando a ser recargada para la próxima compra.

La activación y utilización de este tipo de tarjeta es gratuita, pudiéndose aplicar un pequeño coste de mantenimiento para soportar el seguro de pérdida o robo de datos, en los años posteriores a su activación.

Destacable es la facilidad del uso de las tarjetas virtuales, que permiten al cliente controlar el gasto realizado y "precargar la misma cantidad por la que tiene previsto efectuar el pago al proveedor, con lo que minimiza los riegos de fraude en comercios no seguros".

El único inconveniente es la "limitación" del uso de estas tarjetas en los comercios, porque actualmente son "muy escasos" los establecimientos que tienen implantada esta modalidad de pago, aunque cada vez se adhieren mas y mas.

Las entidades bancarias buscan con este tipo de producto financiero "la fidelización del cliente" al ofrecerle todo tipo de servicios de pago, incluido este, que es utilizado "principalmente por usuarios de entre 25 y 55 años”.

El uso del comercio electrónico en España es cada vez mayor y, aunque muchas personas no estén familiarizadas con las compras por internet y sean reacias por miedo al fraude, deben saber que existe este tipo de productos financieros que garantiza la seguridad en sus compras y evita la suplantación de identidad.



Lo más oscuro de las tarjetas prepago o anónimas.

El siguiente texto es de un artículo del diario EL ESPAÑOL y firmado por el periodista Javier G. Jorrín en el que habla sobre las tarjetas anónimas y la posibilidad de ser usadas para fraudulentamente usar dinero negro.

Como todo invento, el ser humano tiene la posibilidad de usarlo para el bien o para el mal. El caso de las tarjetas prepago, recargables o anónimas como quieran llamarlas, es uno más de estos inventos que pueden usarse para el mal. (Suponiendo que el lector piense que defraudar dinero al fisco sea “el mal”, algo que me hace dudar viendo el resultado de las últimas elecciones del 26J del 2016 en España).

“Para los defraudadores todo son problemas. Lo primero es burlar el control de Hacienda para llevar su dinero hasta un paraíso fiscal para no tener que pagar impuestos. Pero las dificultades no se terminan ahí, después hay que buscar estratagemas para poder usar ese dinero en el día a día. La vida así es complicada, pero ahora, con las tarjetas anónimas, todo se ha vuelto mucho más sencillo.

Una tarjeta anónima es como una tarjeta de débito normal y corriente, con la única diferencia de que no tiene ningún nombre asociado. En el hueco donde aparece, en las tarjetas de débito normales, el nombre del propietario escrito en relieve, aquí hay un número. Tampoco hay ninguna identificación personal en la banda magnética ni en la cuenta bancaria asociada a esa tarjeta. Es, sencillamente, 100% anónima. La cuenta bancaria que soporta a esa tarjeta es una subcuenta que está a nombre de la entidad financiera o del procesador de pagos, por lo que no hay rastro del verdadero titular del dinero.

Las tarjetas anónimas son perfectamente legales, por lo que el defraudador no tiene que utilizarla a escondidas. De hecho, no nacieron con este objetivo de utilizar dinero negro, pero rápidamente la industria financiera empezó a utilizarlas con este fin, aprovechando la enorme privacidad que tienen. Con estas tarjetas se pueden realizar compras en tiendas o sacar dinero de cajeros, exactamente igual que con el resto de tarjetas. Otra opción son las tarjetas prepagadas anónimas, que no tienen asociada una cuenta, sino que el dinero está depositado directamente en la banda magnética y se usa hasta que se acaba el dinero.

“Ahora mismo es uno de los grandes atractivos que tienen los paraísos fiscales”

Las tarjetas anónimas se han popularizado en los últimos años y hoy son el producto estrella de los paraísos fiscales. Una simple búsqueda por Google permite encontrar un buen puñado de empresas financieras que ofrecen estos servicios. Sin firmas, sin trámites complicados, sin nombre en la tarjeta ofrece una de las empresas. “Ahora mismo es uno de los grandes atractivos que tienen los paraísos fiscales”, explica José Luis Groba, presidente de la Organización Profesional de Inspectores de Hacienda del Estado (IHE). “Ahora mismo es muy fácil gastarse el dinero de un territoriooffshore’, ni siquiera hay que llevar el maletín con el dinero en efectivo”, remarca Groba, “a Luis Bárcenas (extesorero del PP) le pillaron con una tarjeta anónima”. Como ya se ha apuntado, las tarjetas anónimas no están prohibidas, por lo que no vulneran la ley, la infracción es tener dinero negro sin declarar y tributar por él.

¿CÓMO FUNCIONAN?

Un defraudador que tenga ya su dinero en un paraíso fiscal, lo que hace es que contrata estos servicios y realiza una transferencia a la cuenta madreabierta en el procesador de pagos, donde se acumulan todas las transferencias de los clientes. De esta cuenta madre cuelgan las subcuentas, una por cada tarjeta, a la que se asocia un número, que habitualmente es el mismo que tendrá después la tarjeta. Con este paso intermedio de la cuenta madre se pierde el rastro de la persona que está detrás de la tarjeta, por lo que rastrearlo resulta imposible. “Hay sistemas más complejos, que envían el dinero a cuatro o cinco paraísos fiscales, por lo que es casi imposible seguir su pista”, explica Groba. En otros casos, existen varias subcuentas, vinculadas unas a otras y todas anónimas, antes de llegar a la subcuenta definitiva que es desde donde se emite la tarjeta, todo con el objetivo de ocultar al máximo la identidad del defraudador.

Los defraudadores se benefician de la legislación existente.

De este modo, desde que el usuario realiza una transferencia de dinero hasta que lo tiene disponible en la tarjeta anónima pasan sólo unos segundos. Y ya tiene todo listo para ir al cajero o de compras con total tranquilidad. Las operaciones quedan registradas al nombre del procesador de pagos, que es una empresa offshore, por lo que es imposible comprobar quién es la persona que está detrás de ese dinero.

De hecho, si la policía encuentra a una persona que porte una tarjeta anónima y que esté emitida desde un paraíso fiscal, no tiene nada fácil demostrar que efectivamente es suya. “Si no están registradas a su nombre, si no hay una titularidad real o si no se puede acreditar, habrá un problema para demostrar su autoría”, indica Óscar Redondo, socio de Cremades & Calvo-Sotelo y juez en excedencia. Las entidades suelen cobrar una comisión alta por este servicio, mucho más que una tarjeta de débito al uso, pero los defraudadores lo compensan sobradamente con no pagar a Hacienda.

TODO LEGAL

Con las tarjetas anónimas, la vida es mucho más fácil para los defraudadores. Es una forma para tener dinero negro siempre encima y siempre preparado para ser usado sin riesgo, o con un riesgo muy bajo. El presidente de los Inspectores de Hacienda reclama que se prohíba esta operativa. “No debería haber ninguna cuenta que funcione con subcuentas y tarjetas anónimas”, denuncia Groba. Teniendo en cuenta que son un instrumento que facilita el fraude, no tiene mucho sentido que todavía se permita su uso. “Las tarjetas anónimas deberían estar prohibidas”, sentencia.

En un tono similar se pronuncia Redondo: “Los defraudadores se benefician de la legislación existente”. La solución debería pasar por “una armonización internacional en esta materia para controlar su uso”, de modo que esta práctica fuese ilegal en el mayor número de países posible”


Obviando ese mal uso de las tarjetas prepago, que se solucionaría fácilmente obligando a las entidades emisoras a poner el nombre de los titulares y tenerlos identificados con DNI y con un registro de los movimientos disponibles para cualquier investigación del fisco, creo que dentro del mundo de las tarjetas o medio de pago, éste en concreto de las tarjetas prepago es el mejor medio para el control del dinero que gastamos, sobre todo para compras por internet (uso cada vez más extendido), por su seguridad ante posibles fraudes futuros (robos de identidad o de datos de tu tarjeta).

Además existe la posibilidad de dar una tarjeta de esta índole a personas de la familia que bien por experiencias anteriores de ser un poco “manirrotos” o por desear tener un control exhaustivo del gasto sin tener acceso al total ahorrado en un banco, poder ir cargando la tarjeta con la cantidad máxima previamente decidido para el gasto mensual.

Es cierto que ir recargando y gastando a la vez, te obliga a llevar un control exacto o casi exacto del saldo restante, y por lo tanto lleva más trabajo que el control de una tarjeta de débito, pero si hay disciplina en su uso, te puede ayudar a no incrementar tu gastos y a tener una mayor seguridad en tus compras por la red.